Ella sólo miraba el espacio.
En realidad no necesitaba
ser parte de él
-incluso afirmaría
que el mundo
la necesitaba a ella
y no al revés-
porque bastaba que posara sus ojos,
para darnos certeza
de que la creación había nacido
para sus pies descalzos,
sus ojos de miel,
su boca de nardo,
su espalda desnuda,
sus piernas de diosa,
su vientre templado
y
su alma de niña.
Ella sólo necesitaba existir...
Y saber que existía.